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La comunidad internacional se aleja de Afganistán: Rusia y China pugnan por llenar el hueco de EE UU

todayagosto 14, 2022

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En agosto de 2021, los talibanes volvieron al poder en Afganistán después de una especie de guerra civil que acabó convirtiéndose casi en un paseo para ellos. Occidente, a contrapié, vio cómo un país que había tratado de sostener durante décadas, sobre todo a través de Estados Unidos, retornaba al punto de partida y suponía una sacudida para la política y para la diplomacia internacionales. La primera reacción fue no reconocer la legitimidad talibán, pero poco se tardó en saltar al pragmatismo. “La UE deberá hablar con los talibanes si quiere influir en Afganistán”, sostuvo el Alto Representante, Josep Borrell, solo un mes después de que los fundamentalistas tomasen el mando de Afganistán.

Ahora los países se mueven entre dos aguas: hay gobiernos que insisten en la necesidad de sostener el país a través de la ayuda humanitaria pero otros consideran que seguir surtiendo a Kabul de material es consolidarles el sistema a los talibanes. Así lo explica Júlia Codina, analista en cooperación internacional y ayuda humanitaria, a 20minutos. “En 2021, con la vuelta de los talibanes, muchos países europeos congelaron la ayuda al desarrollo, que es algo más a largo plazo, pero la ayuda humanitaria se mantuvo”, cuenta y matiza que “la ayuda al desarrollo se ha visto mucho más afectada porque esto se canaliza a través de los gobiernos nacionales, y la ayuda humanitaria es mucho más directa”, por ejemplo, con la labor de las ONG.

“Lo que sí ha habido es una reacción muy dispar a este dilema humanitario con algunos países. Europa no ha tenido una respuesta uniforme. Es una cuestión política. Y Estados Unidos la congeló absolutamente toda. Mientras, otros exigen ciertas condiciones al Gobierno talibán para canalizar la ayuda humanitaria”, desarrolla Codina, que además da datos relevantes que muestran cómo estas decisiones, al fin y al cabo políticas, tienen repercusiones que van más allá del reconocimiento o no de un Gobierno. “En Afganistán, antes de que los talibanes llegaran al poder, el 80% del presupuesto afgano venía de donantes exteriores. El freno a la ayuda humanitaria supone un frenazo a la economía del país”, comenta.

Asimismo, hay que recordar que Afganistán llevaba bajo sanciones internacionales desde los años noventa, “por lo que este tipo de cosas lo que hacen es añadir presión”, explica la analista. Al fin y al cabo, casi todo termina reduciéndose a esos niveles a una cuestión política. “Existe una teoría de que dar dinero a un Gobierno así es perpetuarlo. Es un dilema humanitario (y político) recurrente. Lo vimos en los ochenta en Etiopía. Pero si el contexto es como el de Afganistán, al final si se congela la ayuda no repercute en los dirigentes, sino en la gente de a pie“, aclara Codina.

Se llega entonces a una conclusión que resulta evidente. “El tema político es clave: uno puede ser idealista, pero hay ejemplos de otros países en los que no se tienen problemas en tener delegaciones y contactos constantes con Gobiernos que no son democráticos. Lo puedes llamar hipocresía o lo puedes llamar contexto político”, sostiene. Y es que Afganistán, además, es un punto estratégico. “Hablamos de un país clave desde la Guerra Fría”.

No creo que Afganistán quede relegado [políticamente] del todo porque Rusia, China y EE UU tienen un papel que jugar

“El reconocimiento de un Estado no está ligado a cómo funcione ese Estado o a los derechos humanos. Estados Unidos tiene su embajada más grande en Egipto, por poner un ejemplo”, avisa una Codina que asume también que en las crisis humanitarias “hay un proceso general que las lleva hacia la indiferencia” mediática y social. “Afganistán estuvo muy presente en los medios en su momento, pero existe un ciclo en el que las crisis tienen un ‘boom’ y después va cayendo el interés. Pero todo viene también de la importancia a nivel geoestratégico. Los países tienen intereses políticos”, prosigue, y sí reconoce que ha habido “un desvío de fondos, de recursos y de atención de absolutamente todas las crisis o contextos frágiles hacia Ucrania. Ahora, no creo que Afganistán quede relegado del todo porque Rusia, China y EE UU tienen un papel que jugar en el país”.

Y aquí está el otro quid de la cuestión. Pekín y Moscú no dudaron en establecer relaciones con los talibanes en cuanto estos tomaron el Gobierno. De hecho, China no tardó en calificar la formación del nuevo Ejecutivo como un “paso necesario” y anunció a los pocos meses un envío de ayuda de emergencia. Xi Jinping, de hecho, ha estado dispuesto en todo momento a ayudar a la reconstrucción del país, sustituyendo en ese papel a Estados Unidos. “Todas las partes deben intensificar el intercambio de datos de inteligencia y la cooperación en el control de fronteras, para atrapar y eliminar a grupos terroristas que se hayan infiltrado desde Afganistán”, dijo también el ministro de Exteriores en su momento.

Y es que el tema de seguridad es quizás el que más ha acercado a Pekín a los talibanes, pero China lleva un año tratando de implementar en Afganistán la misma estrategia que ha desarrollado en otros países: genera una dependencia de ese Estado sobre Pekín a través de la ayuda económica. Al fin y al cabo, el Gobierno talibán está generando una importante deuda con el gigante asiático. China, en un escenario global tan complejo, no quiere sustos y apuesta firmemente por la nueva ruta de la seda. Afganistán entra dentro de sus planes y parece importar poco quién esté en el poder.

Algo similar pasa con Rusia. De hecho, el Kremlin tardó solo unas semanas en recibir a los talibanes en Moscú y el ministro de Exteriores, Sergei Lavrov, pidió a la comunidad internacional que ayudara a la reconstrucción de Kabul. A cambio, un año después el Gobierno talibán se ha mantenido completamente equidistante en cuanto a la invasión rusa de Ucrania. Rusia, como China, simplemente busca llenar el espacio estratégico que ha dejado vacío Washington.

Putin, desde otro punto de vista, ha ayudado a los talibanes de manera indirecta: que la atención global se centre ahora en Ucrania permite al Ejecutivo afgano dejar de parecer lo que no es. Las vulneraciones de derechos humanos, los ataques contra las mujeres y las niñas y las persecuciones constantes ya no tiene por qué hacerse de espaldas al mundo. Porque ya casi nadie mira.

A nivel geopolítico, Álvaro de Argüelles, analista en El Orden Mundial, sostiene que Afganistán “necesita una gran potencia que la apadrine en la medida en la que EE UU con las sanciones ha provocado que los talibanes queden dependientes de Moscú o de Pekín“. Necesitan, al fin y al cabo, “que les den material humanitario para tener el país bajo control”. El proceso diplomático, en cuanto al posicionamiento que pretenden los talibanes a nivel de embajadas, está siendo muy lento porque el Gobierno no tiene ‘personal’. No hay grandes acontecimientos. Ha pasado un año pero el cambio es costoso.

Afganistán necesita una gran potencia que la apadrine en la medida en la que EE UU con las sanciones ha provocado que los talibanes queden dependientes de Moscú o de Pekín

“China y Rusia por otro lado ven reconocido su estatus de superpotencias. Que se vea que son capaces de proponer un orden global alternativo en el que los valores de Estados Unidos no tienen tanta relevancia. Los sustituyen por otros que se miden en términos de comercio y diplomacia”, desarrolla Argüelles, que ve una necesidad también por parte de ambos. “A los dos países les interesa la estabilidad de Asia Central, sobre todo a Rusia, que ya viene de una experiencia previa. Para estabilizar Afganistán ven que no hay otra que mediar con los talibanes“.

Pero pensando en el futuro hay también interés económico. “Desde lo más básico como podría ser la exportación de productos a otras cosas de largo plazo como inversión en infraestructura, minería o recursos que tiene Afganistán y que están ahora mismo sin explotar”, prosigue el analista. El esquema es una mezcla de poder blando con diplomacia y comercio, pero añadiendo el plus de la seguridad. “China quiere contrapartidas por ayudar a los talibanes, como por ejemplo con el tema de los uigures -comparten frontera en esa zona-. Para Pekín este es un tema de seguridad nacional. Estos planes le funcionan siempre bien a China, mucho más que a Rusia, que ahora está centrada en Ucrania”, termina.

El resurgir de la OTAN

La crisis de Afganistán también supuso un golpe duro para la razón de ser y la idiosincrasia de la Alianza Atlántica. Estados Unidos, líder de facto de la OTAN, salió del país sin haber conseguido apenas avances a nivel social, económico o político. Todo volvió a la casilla de salida. Biden vio tocado el liderazgo de su país y la UE, en cierto modo, despertó de su letargo. Tras completar las evacuaciones, el alto representante Josep Borrell lanzó -en septiembre de 2021- su propuesta de crear una fuerza de acción rápida europea para hacer frente a situaciones como las vividas en Afganistán tras la llegada de los talibanes al poder. El objetivo, dijo, es poder “actuar” con más autonomía “donde y cuando sea necesario”.

La unidad contaría con unos 5.000 efectivos y supondría un avance para que la UE, en palabras del propio Borrell, deje de ser “súbdito” de Estados Unidos. El apego a la OTAN es un freno para la Unión, o al menos así lo entiende el jefe de la diplomacia. El paso de los meses y la llegada de la guerra en Ucrania ha confirmado esa voluntad, pero también ha terminado por reforzar a una Alianza que, según Macron, en 2019 estaba “en muerte cerebral” y que en Kabul vio cercana su disolución, al menos desde el punto de vista práctico. Un año después todo ha cambiado y los talibanes siguen con su plan ante la mirada atenta de Moscú y Pekín, pero quizás solo de ellos.

Escrito por Z7O-_

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